lunes, 26 de marzo de 2018

Tierra de campos, de David Trueba. Anagrama



La plenitud se consigue mirando atrás. Descubrir que has dado lo mejor de ti en cada momento; fuese bueno, malo, mediocre, impulsivo, prohibido o amoral. Esta es una novela que nos hace entender que la muerte de un ser querido es una puerta que nos hace ver lo que nos rodea con otros ojos.
Tras la muerte del padre de Daniel, este emprende un viaje con el fin de enterrarle en el pueblo en el que nació. El chófer del coche fúnebre es un ecuatoriano charlatán que le hará reflexionar sobre su vida y este libro es esa vida. La de cualquiera de nosotros. La vida de alguien nacido bajo la generación X.

Con el objetivo de enterrar a su padre en el pueblo donde nació, Daniel emprende un viaje en un vehículo muy particular, un coche fúnebre, conducido por un chófer ecuatoriano, pintoresco y charlatán, de la mejor estirpe cómica. ¿Quién es de verdad Dani Mosca? Quizá, como sostiene él mismo, es sólo un tipo que hace canciones, sobre todo canciones de amor. Pero es también el niño que creció en un barrio humilde; que encontró la amistad más profunda de esa manera accidental en que uno encuentra las grandes cosas de la vida; que viajó y disfrutó de su oficio en la música hasta que la tríada clásica de los excesos (sexo, drogas y rock and roll) desintegró el grupo que había formado con sus amigos del alma; y cuya vida se sostuvo en un equilibrio precario pero resistente entre el deseo y la realidad.
Ésta es una novela que a ratos se lee como una canción. Contiene la visión personal de un tiempo y unos lugares en los que Dani Mosca se construyó una identidad propia a fuerza de ideales y sueños, y también de algunos autoengaños y mentiras. Un viaje profundo e intenso, sensible y directo, donde se perciben las huellas y las cicatrices del paso del tiempo. David Trueba vuelve a desplegar, bajo una estructura poderosa y zigzagueante, hecha de hilos que se entrelazan, su prodigioso pulso narrativo para proyectar una mirada aguda y reflexiva sobre las paradojas y las perplejidades que rodean nuestra existencia y adentrarse con lucidez en el laberinto de los afectos y los sentimientos. El resultado es un libro deslumbrante en cada una de cuyas páginas palpita la vida.

De David Trueba se ha escrito:
«Los dispositivos habituales de Trueba: diálogos, humor ácido, una lengua literaria que se maneja con envidiable naturalidad y fluidez tanto en la reflexión como en la simulación de las hablas y códigos» (J. Ernesto Ayala-Dip, El País).
«Los libros de David Trueba no han hecho sino acrecentar su estatura en España de artista e intelectual de izquierdas, de los pocos que quedan –me atrevo a decirlo– verdaderamente multidisciplinares y verdaderamente grandes» (José María Moraga, Estado Crítico).
«Las novelas de Trueba mezclan el humor y la melancolía, hablan de la familia y la soledad, de los conflictos del amor y el deseo, de la frustración profesional y emocional y la pasión por aprender» (Daniel Gascón, Heraldo de Aragón).
«David Trueba escribe novelas que te pegan un puñetazo en la cara cuando las lees y te hacen reflexionar» (José Antonio Sau, La Opinión de Málaga).
«Trueba confirma que es buen escritor, y que para serlo no se precisa de alharacas. Basta con que te importe lo que cuentas y saber transmitirlo al lector» (J. M. Pozuelo Yvancos, ABC).
«Trueba es un cerebro que sabe cambiar el juego milimétricamente, de los que batallan y consiguen sacar lo mejor de sí» (Eusebi Lahoz, El Periódico).
«Asentado ya en un estatus de creador de referencia, cuya lucidez relaja en un país eternamente crispado» (Luis Alonso Girgado, El Ideal Gallego).

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